sábado, 15 de marzo de 2014

Capitulo 43

El desayuno Paula.


Sintió como si luchara a través de capas de niebla para salir de un sueño profundo y atribulado. Hizo una mueca al recordar donde se encontraba.
Una vez más, la noche anterior había fingido que dormía cuando Pedro finalmente fue a la cama dos horas después que ella y los movimientos inquietos de él le habían indicado que tampoco era capaz de conciliar el sueño.
Sin embargo no habían hablado, no se habían tocado, simplemente habían permanecido uno al lado del otro despiertos pero sin comunicarse.


—Se te enfría el café Paula—le comunicó Pedro.


Pudo oler el café, el delicioso aroma de los cruasanes y al final abrió los ojos, frunció el ceño al ver que Pedro se hallaba junto a la cama sosteniendo una bandeja. Ya se encontraba vestido con el pelo mojado por la ducha.

¿Por qué el desayuno en la cama Pedro? —se sentó apoyándose contra las mullidas almohadas, decidiendo que el ataque era la mejor defensa después del modo en que se habían separado la noche anterior.


 Él se encogió de hombros.


—Me pareció algo que un marido debería hacer por su esposa —depositó la bandeja sobre sus rodillas.
—Nunca nadie me había traído el desayuno a la camamusitó incomoda y sin mirarlo.
—Como nos marchamos esta mañana pensé que lo mejor era que comieras algo.
—¿Marcharnos? —cortó incrédula mirándolo —¿Te refieres a que volvemos a Inglaterra?
—Sí —confirmó con una inclinación de la cabeza.


Se sintió absolutamente aturdida mientras lo veía sacar su ropa del armario preparándose para guardarla en las maletas.Había decidido que se marchaban. 
!Después de sólo dos días de luna de miel!


Frunció el ceño, confusa.


—Es algo súbito, ¿no crees?

¿Que diablos iba a pensar su familia si recortaban la luna de miel de esa manera? Especialmente Toby. Pedro vio las dudas que pasaron por el rostro de Paula y movió la cabeza.

—Aquí no eres feliz, Paula.
—Y tú tampoco replicó ella.


Apretó los labios.


—No hablábamos de mí.
—No, ¿verdad? ¿Y por qué Pedro? ¿Por qué nunca puedes darme una respuesta clara y directa a una pregunta también clara y directa?
—Quizá porque las preguntas que formulas no tienen una respuesta directa.


Ella suspiró disgustada


—¡Vuelves a hacerlo!

Pedro era bien consciente de lo que hacía. Pero no podía hablarle a Paula de sus miedos, de su necesidad de irse de la isla antes de poner otra vez en peligro su vida si concebía una segunda vez.


—Si piensas que tu familia puede llegar a preocuparse por nuestro regreso anticipado de la luna de miel, te sugiero que vayas directamente a tu casa. De ese modo nadie tendrá que saber que hemos vuelto.


Paula frunció el ceño.


—¿Qué diferencia hay en que nos escondamos aquí otros cinco días a que lo hagamos en mi casa?


Pedro emitió una risa carente de humor.


—He dicho que tú fueras a tu casa Paula, no que yo pensara reunirme allí contigo.

Ella palideció.


—Ya veo...
—¿Si? —inquirió él con tono sombrío.
—Oh, sí—replicó al colocar la bandeja en la mesilla noche antes de ponerse de pie. —Puedo estar lista en media hora si te parece bien.

Había pensado que Paula se sentirá a contenta de abandonar la isla ese día y aun más de verse libre de su compañía en cuanto volvieran a Inglaterra. Pero exhibía una expresión de enfado.

—No hay prisa —le informó. —He llamado por radio para pedir que el avión estuviera preparado para despegar nada más llegar nosotros.
—Ahora sé de dónde saca Toby su habilidad para la organización—bufó.—Me gustaría un poco de intimidad para darme una ducha y vestirme si a ti no te importa.

Capitulo 42

—No quiero discutir otra vez contigo esta noche, PedroEl asintió
—Bien, entonces no discutiremos.
—¡Parece que somos incapaces de hacer otra cosa!


El se encogió de hombros.


—Estaremos aquí juntos una semana Paula, sin otras distracciones. Tenemos que hablar de algo.
—Ya te he dicho qué pasó aquella noche. Me interesa más lo que pasó después afirmó ella.


Pedro apretó los labios


—Una vez más te refieres al accidente de auto en que murieron dos hombres.


La súbita frialdad que mostró le reveló la renuencia que tenía a hablar del accidente.


—Te aseguro que no me voy a sentir herida por cualquier cosa que puedas decir acerca de tus sentimientos por Samantha.
—¿No?
—No —confirmó Paula. No eres el primer hombre en irse a la cama con una mujer cuando estás enamorado de otra. Y dudo mucho que seas el último —añadió con sonrisa pesarosa


Pedro tensó la mandíbula.


—¿Me consideras tan canalla?
—Creo que eras un hombre rodeado de mujeres que siguen la Formula Uno encantadas de acostarse con el campeón sin importarles que esté enamorado de otra mujer —explicó ella con pragmatismo —A las mujeres les encanta esa imagen de macho y tú lo sabes.
—¿A ti? —en ese momento sonó divertido.
—No hablábamos de mí.
—¿Por qué te acostaste conmigo aquella noche Paula?
—Porque eras condenadamente sexy por supuesto—comentó con ligereza. —Y ahora, ¿querrías...?
—¿En pasado Paula? —cortó él con suavidad y voz ronca. —¿Ya no me encuentras sexy?


Sí, lo encontraba más sexy, se pondría literalmente a babear... le arrancaría esa camisa de seda para tocarle la piel desnuda. ¡Estaría de rodillas suplicándole que volviera a hacerle el amor! Otra vez...
Sólo pensar en ellos hizo que se le endurecieran los pechos y los pezones se marcaran contra la tela suave de su vestido.

Le lanzó una mirada irritada.


—Deberías llevar un sello en la frente advirtiendo de que eres peligroso para la salud—frunció el ceño cuando él comenzó a sonreír. —Me alegro de que lo encuentres divertido —musitó


No perdió la sonrisa mientras la observaba. Sin que Paula se diera cuenta, cada vez se sentían más relajados el uno en compañía del otro.


Adelantó levemente el torso.


—Tú deberías llevar una advertencia sobre los pechos.


El rubor le invadió las mejillas.


—¿Mis pechos...? —se atragantó.


Pedro asintió.


—Son hermosos Paula, firmes, redondos. Encajan a la perfección en mi mano y tus pezones son...
—No estoy segura de que sea una conversación para la sobremesa Pedro—exclamó cuando pudo recobrar el aliento.


El dejó que su mirada bajara a la parte de la anatomía de Paula en cuestión que en ese momento tensaba el corpiño del vestido. Un claro indicio de que la conversación la había excitado tanto como a él. Sin embargo, no podía, ni se atrevía, a hacerle el amor. El temor a otra pérdida en su vida hizo que su terminación de no arriesgar la vida de Paula con un posible segundo embarazo fuera firme.


Apretó los labios al comprender el aprieto en que los había metido a ambos.


—Tienes razón Paula, no lo es —se puso de pie.
—Yo... ¿adónde vas? —frunció el ceño al verlo ir hacía la playa.


Pedro giró en el sendero y la luz de la luna se reflejó en sus ojos.


—Necesito algo de tiempo para mí—explicó con tono distante.


No podría haberle dicho con más claridad que después de sólo dos días juntos ya se había aburrido de su compañía


—Bien asintió—Te veré por la mañana, entonces—añadió con docilidad aún algo aturdida por el cambio tan súbito en Pedro, después de pasar tantas semanas resistiéndose a él también estaba sorprendida por el intenso deseo que la embargaba de ser seducida.
—No lo dudo —confirmó de forma escueta.


Y Paula comprendió con dolor que no parecía nada feliz ante dicha posibilidad...
Los dos días que Pedro había necesitado para sentirse aburrido en su compañía eran los mismos que ella había requerido para comprender que lo amaba más que nunca

Capitulo 41

Ningún hombre tenia el poder de convertirle en gelatina las rodillas con una sola mirada, ningún otro hacia que se sintiera deseable, que lograra que perdiera el control con un simple contacto de la mano...
Por lo que a ella concernía No había ningún otro hombre, sintió que palidecía al mirarlo con sensación de impotencia. Lo amaba... Amaba a Pedro.

¿Acaso alguna vez había dejado de amarlo?

Con una sensación próxima al pánico, reconoció que probablemente, no. Se había enamorado de él aquella noche de cinco años atrás, y aunque no había vuelto a verlo había seguido amándolo. Esa era la razón por la que ni siquiera había mostrado interés en salir con otros hombres durante todo ese tiempo, por la que nunca le había atraído otro.

¡Porque ya estaba enamorada de Pedro Alfonso y siempre lo estaría!

Y en ese momento estaban casados. Estaba casada con el hombre al que amaba, al que siempre amaría, y al que no podía hablarle de ese amor porque no era lo que quería de ella. Lo único que Pedro quería era a su hijo; ella simplemente iba con el paquete.

Se puso de pie.


—Creo que no, Pedro le dijo con rigidez. Estoy cansada, regresare a la villa y dormiré una siesta antes de la cena.


El permaneció en la playa mirándola caminar entre los árboles en su ascenso hacía la casa, con el cabello sedoso sobre los hombros y un tentador contoneo de caderas.

¿Que acababa de suceder?

En un momento dado, ella lo había estado deseando como hacía siempre, algo de lo que él siempre disfrutaba y al siguiente pareció que había cerrado por completo sus emociones. Quizá era lo mejor, sabiendo que no se atrevería a arriesgarse a dejar embarazada a Paula hasta no tener la certeza de que ella no correría peligro...

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—Dime que pasó hace cinco años, Pedro.
—¿En referencia a...? —la miró con expresión reservada desde el otro lado de la mesa.
—Al accidente, por supuesto —indicó impaciente.
—Ah —se reclinó y bebió un sorbo de vino blanco que había abierto para acompañar la langosta y la ensalada que habían preparado juntos y que acababan de terminar.


Paula frunció el ceño.


—¿A qué creías que me refería?


La miró con parpados entornados mientras admiraba lo maravillosa que estaba con el sencillo vestido negro hasta las rodillas. Las finas tiras de los hombros y la desnudez de los brazos revelaban el ligero bronceado que había adquirido antes en la playa, llevaba el rostro libre de maquillaje salvo por un poco de brillo en los labios y el cabello suelto caía como una cascada sobre los hombros.

Nunca había estado más hermosa o deseable.


—¿A que creía que te referías? —repitió despacio. —¿Tal vez a la noche que pasamos juntos?
—¡Creo que ambos somos conscientes de lo que sucedió esa noche! —señaló con sequedad. Estudiante impresionable conoce a un sexy piloto de carreras—explicó ante la mirada inquisitiva de Pedro. —Y el resto es historia como suele decirse.
—¿Y qué dices tú Paula?
—¿Que debería decir?


Podría decir que se había comportado cómo una put*, que debería haber tenido más sentido común y no haber caído rendida ante tanto encanto.Que jamás debería haber cometido la absoluta necedad de enamorarse de un hombre como Pedro Alfonso


—Oh, no Pedro—sonrió sin humorNo vas a desviarme de mi pregunta original irritándome.
—¿No?
—¡No!
—Siento curiosidad por conocer la razón de que hablar de la noche que pasamos juntos hace cinco años pueda causarte irritación.
—¡Pedro! —protestó.
—¿Paula?

Quizá si hubiera seguido llamándola Paula de esa manera fría y distante entonces se habría negado a contestarle. Quizá. Pero cuando pronunciaba su nombre de ese modo ronco y sexy no tenía ni una sola posibilidad.

sábado, 8 de marzo de 2014

Capitulo 40

Paula salio a la terraza, de pronto comprendió que no había dicho nada y que Pedro esperaba...

—Yo no me preocuparía por ello. Todos los hombres son iguales en la oscuridad... —calló al sentir las manos de Pedro cerrándose sobre sus brazos. —¡Suéltame! —jadeó.

No le prestó atención.

—No me interesa saber lo que piensas de otros hombres, Paula. ¡En la oscuridad o en otra situación!

Lo miró y sólo pudo ver la furia que hervía en el.

 —Tus cicatrices no me molestan, Pedro, y ésa es la verdad —respondió finalmente.

 Pasados unos segundos, la soltó con brusquedad.

—Pasaré unos minutos más comprobando el equipo, así que quizá te apetezca ir a nadar mientras esperas —sugirió.

Paula dio media vuelta y se dirigió hacia la playa. Otro día en el paraíso...

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—¡Ha sido la experiencia más maravillosa de mi vida —exclamó en cuanto salió del mar y se quitó la máscara.
—¿La más maravillosa? —Pedro enarcó las cejas con gesto burlón mientras se quitaba el equipo antes de sentarse en la manta extendida en la arena dorada.
—Bueno... una de ellas —se apresuró a corregir ella. —Sostener a Toby en brazos segundos después de su nacimiento probablemente fue la más maravillosa —añadió con ternura.

El frunció el ceño.

—Me habría gustado compartir esa experiencia contigo.
—Ha sido un día precioso, Pedro, no lo estropeemos con otra discusión —suspiró al sentarse junto a él en la manta antes de quitarse el equipo de buceo y dejarlo en la arena. Se apartó el cabello mojado de la cara, rodeó sus rodillas con los brazos y apoyó la barbilla en ellas. Además dudo mucho que te hubieran dejado entrar en el paritorio a pesar de ser quien eres.

El enarcó una ceja

—¿A pesar de ser quién soy...?

Paula asintió.

—Ni siquiera el apellido Alfonso te habría conseguido acceso bromeó—Hubo un pequeño susto en el último momento —explicó. Mi tensión arterial se disparó, Toby se angustió y tuvieron que trasladarme a toda velocidad a un quirófano para someterme a una cesárea.

El se puso tenso.

—¿Tu vida corrió peligro?
—Creo que nuestras dos vidas estuvieron en peligro durante un rato —reconoció ella. —Pero por suerte al final todo salió bien.
—¿Es factible que suceda lo mismo en un segundo embarazo?

Lo miró sorprendida.

—No lo sé. Jamás se me pasó por la cabeza preguntarlo. ¿Pedro? —él se incorporó súbitamente para acercarse al borde del agua. —¿Pedro? ¿Qué sucede? —vio que cerraba las manos con fuerza tal como yo lo veo, tanto tú como yo estuvimos a punto de morir y tenemos cicatrices que así lo prueban...


Calló cuando se dio la vuelta con expresión fiera.

—Sólo intentaba quitarle hierro al asunto —razonó.
—¿Crees que el riesgo que corrió tu vida es asunto de risa?

Ella hizo una mueca.

—Creo que es algo que sucedió hace casi cinco años. Ahora no es más que historia, todos seguimos aquí después de todo.

Pedro sabía que ella tenia razón, pero enterarse que tanto Paula como Toby podrían haber muerto durante el parto hizo que se preguntara, y temiera que un segundo embarazo pudiera ser igual de peligroso.

—¿Puedo ver tu cicatriz?

Lo miró con cautela de pie ante ella y bloqueando el sol, el rostro intenso. ¿Quería ver la cicatriz de su cesárea?

Tragó saliva.

—¿Puedes aceptar mi palabra de que la tengo ahí? —justo debajo de la línea del escueto biquini.

Parte de la tensión se evaporó de la cara de él.

—No.
—Oh se mordió el labio inferior. —Preferiría no hacerlo —a la defensiva abrazó con más fuerza sus rodillas.
—¿Por que no?
—¡Porque está en un sitio demasiado íntimo por eso!

Porque ya se sentía demasiado expuesta, vulnerable, con ese mínimo bikini como para mostrarle más piel.

—Quizá más tarde —dijo girando la cara.
—Ahora.

Frunció el ceño irritada cuando volvió a mirarlo.

—¡Pedro, no tenemos porque desnudarnos literalmente el uno ante el otro durante nuestros primeros días de matrimonio!

Le ofreció una sonrisa dura.

—Tú has visto mis cicatrices ahora me gustaría ver las tuyas.
—Preferiría que no —espetó.
—Los hombres y las mujeres también son iguales a la luz del día Paula —murmuró él.


¡Claro que no lo eran! sencillamente no había otro hombre como Pedro Alfonso...



Continuara....




Espero sus comentarios :) ultimos capitulos!

Capitulo 39

—¿Sabes bucear Paula?

No alzó la vista de la tostada que comía mientras desayunaban en la terraza

—¿Tu?

Como bien había adivinado, no había sido una noche apacible y aún seguía despierta fingiendo que no lo estaba cuando media hora más tarde Pedro se reunió con ella en el dormitorio. Que él se quedara dormido a los cinco minutos de haber apoyado la cabeza en la almohada no había cambiado en nada la tensión que sentía y había permanecido horas despierta incluso después de que la respiración acompasada de él, le indicara que seguía profundamente dormido a su lado.
El único consuelo que tuvo fue que Pedro ya estuviera levantado y preparando el desayuno cuando ella despertó poco después de las nueve de la mañana, pero aún sentía los ojos arenosos por la falta de sueño y lo único que deseaba de verdad era volver a la cama.

—Si no supiera, no te lo habría preguntado —señaló él antes de beber un sorbo de café. —¿Te gustaría aprender?

Llevaba una camisa de mangas cortas y pantalón blanco y parecía mucho más relajado que lo que tenía derecho a estar.

—Supongo que podría probar —acordó irritada. —Siempre y cuando no seas uno de esos profesores que se enfada con sus alumnos.
—No me cabe duda de que serás una alumna muy atenta, Paula—bromeó él, reconociendo por sus ojos y su cara en general que no había dormido bien.

Cuando la noche anterior se acostó a su lado, había sabido que seguía despierta, ofreciéndole con firmeza la espalda en su afán por aparentar estar dormida.Un engaño que le había permitido mantener, por el momento era suficiente que aceptara que iban a compartir una cama en el futuro.

Lo miró fijamente.

—Espero sinceramente que te refieras al buceo
—¿A qué otra cosa podía ser? —la provocó.

Siguió observándolo con suspicacia durante varios segundos, y luego se encogió de hombros.

—¿Por qué no? Es evidente que no tengo nada más que hacer hoy —se puso de pie de golpe.

Pedro la miró con curiosidad.

—¿Tal vez habrías preferido ir a un lugar algo más... divertido... en nuestra luna de miel?

Le lanzó una mirada agria.

—Oh, yo creo que esto es bastante divertido, ¿tú no?

 Él rió suavemente.

—Esperemos que sí.

Paula se negó a aceptar el desafío de su mirada.

—Iré a cambiarme.

Aunque no estuvo muy segura de ello en cuanto vio las piezas diminutas que Micaela, evidentemente al tanto del secreto de la luna de miel, le había guardado en la maleta.
Había dos biquinis. Uno negro que consistía de dos piezas exiguas de tela que apenas le cubrían algo, y uno rosa que si tenía más tela en la mitad inferior, aunque por desgracia el sujetador era de un escote profundo lo que significaba que en cuanto se lo pusiera los pechos se asomarían por todas partes.Paula olvidó su propia timidez con el biquini rosa en el momento en que salió a la terraza y contempló a Pedro con el bañador negro más pequeño y sexy que jamás había visto.
De caderas bajas, la tela apenas cubría esa reveladora protuberancia frontal, una protuberancia de la que le costaba apartar la vista. Pedro se irguió del equipo de buceo y su expresión se endureció al percatarse de que Paula lo observaba.

—¿Acaso mis cicatrices te molestan después de todo?soltó con aspereza.
—¿Cicatrices?repitió desconcertada tratando de concentrarse en algo que no fuera ese bañador mínimo —Oh. Esas cicatrices—asintió al percatarse de las líneas entrelazadas que marcaban su pecho y espalda, en su pierna izquierda tanto por debajo como por encima de la rodilla, tenía algunas más profundas que parecían incisiones quirúrgicasYa te he dicho que no me parecen desagradables,Pedro—indicó ceñuda.
—Eso fue antes de ver la extensión que alcanzaba —explicó con sequedadA algunas mujeres les molestaría.


¿A algunas mujeres? ¿O ya había sucedido... quizá con Samantha, por ejemplo?

Capitulo 38

La miró fijamente cautivado por esos hermosos ojos verdes que brillaban de buen humor. Era la mujer más hermosa que jamás había conocido

—Quizá me lo merecía admitió a regañadientes.
—Quizá sí —confirmó ella en absoluto arrepentida. La próxima vez vendremos en barco ¿de acuerdo? —dijo al recoger los cubitos del suelo.

Pedro permaneció en silencio al agacharse para ayudarla renuente a romper la súbita tregua con algún comentario que a ella pudiera no gustarle y por el momento satisfecho de que fuera a haber una próxima vez.

La tregua había continuado mientras paseaban por la playa, durante la cena que habían preparado juntos y tomando en la terraza que daba al océano, habían regresado fuera después de recoger la mesa. En un silencio agradable y relajado se habían terminado la botella de vino tinto que Pedro había abierto para acompañar la cena.Paula se había excusado hacía una media hora para ir al dormitorio principal a preparar la cama, pero él había elegido quedarse fuera un rato más, reacio todavía a decir o hacer algo que pudiera romperla ilusión de camaradería que habían encontrado desde el incidente de los cubitos. Iban a quedarse en la isla una semana y preferiría que no dedicaran todo el tiempo a pelearse.
Mirándola en ese momento con un camisón de un lila pálido, la tela sedosa ciñéndose a sus pechos y moldeando la gentil curva de sus caderas, supo que quería quitarle incluso ese atuendo antes de hacerle el amor, algo que, después de los comentarios en el avión, sin duda quebraría la ilusión de camaradería que habían compartido hasta el momento.
Metió las manos en los bolsillos de los pantalones negros que se había puesto para cenar.

—Pensé que preferirías disfrutar de intimidad después de un día tan largo y agotador.

Paula lo estudió, pero fue incapaz de leer su estado de ánimo.

—¿No vas a venir a la cama? —preguntó al final con cierta inseguridad
—Luego, tal vez —repuso. —Todavía no estoy cansado.

Paula no había tenido precisamente en mente la idea dormir al formularle la pregunta.
Mientras paseaba con Pedro descalza por la playa, había descubierto que la isla era hermosa y completamente virgen. Todo, desde el paisaje, el agua al romper sobre sus pies o la brisa cálida, se había sumado a la atmósfera de seducción de la noche, a la percepción oculta incluso en la mínima mirada que compartían.
La renuencia que Pedro mostraba en ese momento en ir a la cama, parecía dar a entender que sólo ella había sentido esa palpitante percepción, porque cuando antes le había hecho el amor ¿únicamente había sido un modo de demostrarle que realmente podía hacérselo donde y cuando le viniera en gana, tal cómo le había expuesto de forma tan cruda, y una vez que lo había dejado claro ya no sentía la urgencia de repetir la experiencia?
Que ridícula había sido al imaginar que como no habían discutido en las últimas horas habían podido alcanzar una especie de comprensión en su relación.Pedro jamás había mantenido en secreto el motivo por el que se casaba con ella, Toby.
Sintió que el rubor de la humillación le quemaba las mejillas.

—Tienes razón prefiero intimidad —afirmó—Por ello sería mejor si usaras uno de los otros dormitorios y te mantuvieras alejado del mío durante nuestra estancia aquí.

Pedro entrecerró los ojos y observó su pose desafiante.

—¡No te acerques! —le advirtió al ver que daba un paso hacia ella.

Advertencia que eligió soslayar al plantarse a centímetros de Paula con las manos cerradas a los costados. Ella sintió que su propia furia comenzaba a desvanecerse al quedar fascinada por el nervio que palpitaba junto a la cicatriz lívida en la tensa mejilla izquierda de Pedro, estaba tan atractivo con el pelo largo y revuelto, la camisa de seda negra y los pantalones a medida... hasta los ojos daban la impresión de centellear de otro color a la luz de la luna.
Paula jamás había conocido a un hombre con la gracilidad y apostura de Pedro, nunca había tenido una percepción física tan profunda de otro hombre que no fuera él, jamás había deseado a otro como constantemente parecía desear a Pedro.
Tragó saliva.


—Tienes razón Pedro ha sido un día largo y agotador. Demasiado para mantener esta conversación —comentó. —Yo...te deseo que pases una buena noche.

El esbozó una sonrisa desdeñosa.

—¡Dudo mucho que lo sea!
Ella movió la cabeza.

—De verdad debemos encontrar un modo de dejar de insultarnos, Pedro.
—La única vez que lo conseguimos es cuando hacemos el amor pero... —se encogió de hombros. —Buenas noches Paula... Intentaré no despertarte cuando vaya a la cama.

Ceñuda ella dio media vuelta y se dirigió despacio al interior, demasiado agotada para luchar contra él acerca de la distribución de las habitaciones y más cuando Pedro había dejado bien claro que perdería.
Dudaba mucho que pudiera llegar a quedarse dormida sabiendo que en cualquier momento él se presentaría para compartir la que en ese momento era la cama de ambos.
Dudaba mucho que pudiera llegar a dormir con él a su lado.

Capitulo 37

Mantuvo la sabana contra su pecho, al sentarse el cabello le cayó sedosamente sobre los hombros, Se cambio y salio a su encuentro con Pedro fuera del Jet

—Pensé que habías dicho que era una pequeña isla caribeña.
—Lo es —confirmó él—Completaremos el resto del viaje en helicóptero.

Paula no había subido nunca a un helicóptero y no estaba segura de cómo respondería en un aparato tan pequeño, se sintió incluso más incomoda al enterarse de que era Pedro quien pretendía pilotarlo
Lo miró dubitativa cuando ocupó el asiento a su lado después de guardar las maletas en la parte de atrás.

¿Estás seguro de que sabes llevar una de estas cosas?
—Muy seguro —corroboró —Paula, te garantizo que estarás perfectamente a salvo en mis manos —añadió burlonamente ante la persistente duda de ella.

Paula lo observó con ojos entrecerrados antes de girar la cabeza para mirar por la ventanilla el sol brillante que se reflejaba en el océano verde azulado más allá de una playa de arena blanca oro. Una pose relajada que sólo duró lo que Pedro tardó en arrancar y mover los controles para elevar el helicóptero del suelo, cuando el aparato oscilo en el aire, se aferró al brazo de él.

—¡Creo que voy a vomitar! —grito.
—No vomitaras si posas la vista en el mar y no en el suelo —instruyó Pedro.

Era fácil decirlo pero su estomago siguió agitándose en señal de protesta durante varios minutos interminables, y sólo se asentó ligeramente cuando el helicóptero se estabilizó y al fin pudo apreciar la belleza del paisaje.

¿El mar era tan azul? pudo ver el fondo arenoso en varios sitios incluso más cuando comenzaron a aproximarse a una isla pequeña rodeada de playas inmaculadas, hermosas y con un paisaje verde, exuberante y con muchos árboles.
Pedro sobrevoló la playa y Paula observó asombrada que se dirigía a una villa blanca en lo alto de una loma situada un poco tierra adentro, rodeada por más árboles y enormes flores de colores.

 —La casa —indicó él ante la mirada de curiosidad de ella mientras descendía el aparato en una zona verde y llana adyacente a la villa. —¿Qué esperabas, Paula? —en cuanto aterrizaron se volvió hacia ella. —¿Pensabas que te traía a un cobertizo en mitad de ninguna parte?

La verdad era que no había pensado demasiado en donde se alojarían una vez que llegaran a la isla. El hecho de que Pedro le hubiera regalado una isla ya le había parecido demasiado fantástico.

—Es un poco primitiva en el sentido de que no hay criados que nos sirvan —advirtió el.

Paula sonrió con ironía.

—No echaré en falta lo que nunca he tenido.
—La isla antes era de un francés que hizo construir la villa hace varios años —le contó mientras bajaba del helicóptero—desde luego si quieres cambiar la decoración debes hacerlo.
—Es hermosa como esta —murmuró ella al quitarse las gafas de sol y seguirlo a la casa.

Los suelos eran de mármol de color crema y decorada con varias mesas con encimeras de cristal situadas convenientemente junto a los sillones y el sofá. La cocina resultó incluso más sorprendente con todo blanco, incluido el fogón la nevera y el congelador.

—Tenemos nuestro propio generador y suministro de agua potable —le explicó Pedro mientras ella recorría despacio la estancia—o más bien tú tienes tu propio generador y suministro de agua potable —corrigió con ironía.

Paula parpadeó totalmente abrumada una vez que ya se encontraba en la isla.

—¿De verdad todo esto es mío?

Pedro asintió.

—¿Te gusta? —su expresión no mostraba nada.
—¡Me encanta! —le aseguró con vehemencia —Yo... ¡Gracias Pedro! —añadió casi sin aliento—¿Cómo diablos trajeron todo? Los materiales para construir la villa, los muebles—preguntó.

El se encogió de hombros.


Del mismo modo en que llegó la comida que hay en la nevera y el congelador abrió la puerta de la nevera para mostrarle los alimentos allí guardados.—Por barco —aportó divertido al ver la expresión aún desconcertada de ella.

Paula entrecerró los ojos.

—¿Me estás diciendo que no tenía por qué haber sufrido el viaje en helicóptero? ¿Que podríamos haber venido en barco?


Pedro contuvo una sonrisa ante la leve indignación de ella.

—Pensé que sería más impresionante llegar en helicóptero —reconoció.
—Oh, eso pensaste ¿no? —musitó dejando el bolso en una de las encimeras.
—Sí —reconoció Pedro con cautela incapaz de analizar el estado de ánimo de Paula mientras ella iba a abrir la nevera y sacaba una cubetera antes de dirigirse al fregadero —Claro, debes tener sed —supuso —hay una selección de bebidas en... ¿Qué haces? —frunció el ceño al verla ir hacía él con un puñado de cubitos que le introdujo debajo del polo —¡Paula! —protestó al primer contacto incómodo de los cubitos helados contra el calor de su piel.
—Pensé que se te veía algo acalorado Pedro —se mofó cuando él retrocedió para quitarse los cubitos, varios de los cuales cayeron sobre el suelo de mármol.

—Maldita sea Paula... —calló cuando ella se puso a reír.

Se dio cuenta de que era la primera vez que la oía reír sin cinismo o sarcasmo desde que habían vuelto a verse hacía cinco semanas.