sábado, 8 de marzo de 2014

Capitulo 36

Paula despertó lentamente algo desorientada mientras miraba en torno del cuarto desconocido.

Y entonces recordó

No sólo donde se encontraba sino todo lo que había pasado desde que entrara en ese dormitorio, giró la cabeza en la almohada y la protesta de su cuerpo al acurrucarse en una posición fetal le recordó con claridad el modo en que Pedro la había acariciado y tocado.Su determinación de que fuera únicamente un matrimonio nominal había tardado poco en volar por los aires. ¡Ni siquiera habían abandonado el espacio aéreo británico antes de sucumbir a sus caricias!
Miró hacia la puerta al oír cómo se abría suavemente y su expresión se tornó defensiva al ver a Pedro de pie en el umbral.
El polo de color crema y los vaqueros que lucía demostraban que se había quedado en el dormitorio el tiempo suficiente para cambiarse después de que ella ¿Después de que ella qué? ¿Se derrumbara por el éxtasis que le había proporcionado una y otra vez hasta que sencillamente ya no pudo recibir más?

 ¡Oh Dios!

Apretó los labios.

—Si has venido a regodearte.
—He venido para ver si ya habías despertado—la corrigió con frialdad. Aterrizaremos en breve y antes necesitas tiempo para vestirte.

Lo cual le recordó que aparte de las braguitas y las medias estaba completamente desnuda bajo la sabana, también que así como ella se había quedado casi desnuda Pedro había permanecido vestido durante todo su anterior... ¿Anterior qué? ¿Encuentro sexual? ¿No sonaba horrible?

—Gracias —aceptó con cortesía indiferente.

Él la miró ceñudo unos momentos. Conociéndola como la conocía no había esperado que cayera perdidamente enamorada en sus brazos al despertar, pero esa frialdad y la acusación de que se había presentado para regodearse por la anterior rendición resultaban imperdonables.Con expresión sombría cruzó el dormitorio en tres zancadas se plantó junto a la cama y la miró.

—No es conmigo con quien estas enfadada, Paula
—No presumas de poder decirme lo que siento —soltó resentida mirándolo con ojos centelleantes.

Pedro se sentó en la cama y la atrapó bajo la sábana al apoyar una mano a cada lado de ella para inclinarse.

—Somos marido y mujer Paula, no existe ningún motivo para que te sientas avergonzada por lo que sucedió antes entre nosotros...
—No estoy avergonzada Pedro... ¡estoy disgustada! tanto conmigo misma como contigo —añadió con expresión de desafío al tiempo que lo miraba directamente a los ojos.

Él sabía que como la tocara en ese momento incluso enfadado no sería capaz de contenerse de hacer el amor con ella. Con sólo mirarla tuvo que moverse incómodo ya que sintió que se excitaba, su falta de liberación antes se había convertido en un palpitar doloroso del que había sido plenamente consciente mientras Paula dormía.
Se puso de pie de golpe para establecer cierta distancia entre ambos antes de volver a hablar pero ella se adelantó.

—No cuentes con una repetición Pedro—espetó.

En lo concerniente a Paula, Pedro daba nada por hecho ni una sola cosa.

—Aterrizaremos en diez minutos Paula, así que te sugiero que antes de hacerlo te vistas —dijo con sequedad para luego marcharse

Capitulo 35

—Date la vuelta Paula para que pueda bajarte la cremallera del vestido —sugirió con voz ronca.


Ella tragó saliva.


—Yo no... calló con un jadeo cuando Pedro soslayó su protesta y se situó detrás de ella. Sintió el contacto de sus dedos mientras comenzaba a bajarle lentamente la cremallera.
Arqueó la espalda involuntariamente al sentir un estremecimiento por todo su cuerpo a medida que la cremallera bajaba por su espalda y contuvo el aliento cuando Pedro le separó el vestido de satén y le acarició el hombro desnudo con los labios, al instante sintió un deseo ardiente por todo el cuerpo cuando la lengua húmeda sobre su piel encendida no dejó de lamerla y probarla.
A pesar de lo mucho que lo negaba y se oponía, sabía que deseaba a Pedro

Apasionadamente... 

Llevaba cinco semanas luchando contra ese deseo y esa necesidad temerosa incluso de tocarlo por si perdía el control. Con el resultado de que cada minuto pasado con él había sido una tortura, y la fachada gélida que proyectaba para defenderse de esa pasión se había derretido con la fuerza de una avalancha en el momento en que su boca le había tocado la piel desnuda
Echó el cuello para atrás y apoyó la cabeza sobre el hombro de Pedro mientras el introducía las manos en el vestido y las subía para coronarle los pechos, con las suyas propias encima se las apretó más anhelando esas caricias. Gritó cuando el deseo se liberó de entre sus muslos en el momento en que los dedos pulgares de Pedro jugaron con sus pezones, el cuerpo tenso por la expectación, incapaz de respirar mientras aguardaba la segunda caricia, casi sollozó cuando los labios de él se movieron sobre su garganta y tomaron esas cumbres inflamadas entre los dedos y las apretaron de forma rítmica.


—¿Pedro? —gimió al tiempo que movía el trasero contra la dureza de su erección. —¡Pedro, por favor...!
—Aún no, Paula—negó él con voz ronca aunque su propio cuerpo palpitaba con la misma necesidad de liberación.


Les esperaban horas y horas de vuelo para llegar a la isla, y antes de que eso sucediera, tenía la intención de descubrir y satisfacer todas las fantasías de Paula tal como esperaba que ella satisficiera las suyas.
Quitarle el vestido nupcial de satén sólo era la primera de las fantasías que lo había mantenido despierto noche tras noche durante las últimas cinco semanas, se lo deslizó lentamente por los hombros y los brazos antes de desnudarla hasta la cintura y luego dejar que cayera y se desplegara sobre el suelo alrededor de sus pies.
Paula tenía los ojos cerrados y Pedro observó lo hermosa que estaba sólo con unas braguitas blancas de encaje y medias del mismo color. Mostraba los labios levemente entreabiertos y húmedos cuando la rodeó con los brazos y volvió a coronarle los pechos antes de acariciarle con los dedos pulgares los pezones de un intenso color rosado.


—¡Sí! —exclamó ella. —Oh, Dios, sí, Pedro...


La pegó contra él, le recorrió libre y eróticamente la garganta con los labios y terminó mordisqueándole el lóbulo de una oreja mientras una mano seguía jugando con un pezón perfecto y la otra bajaba. La piel de Paula era como terciopelo bajo sus dedos abiertos sobre la cintura y la cadera.
Sin dejar de mordisquearle la oreja, bajó la vista hasta donde los dedos buscaban debajo de la seda de las braguitas el capullo sensible que anidaba allí. Al encontrarlo comenzó a acariciarlo. Estaba ardiente y mojada, los pliegues delicados inflamados por la necesidad, una necesidad que Pedro pretendía aumentar hasta que Paula gritara y le suplicara que le proporcionara el orgasmo que su cuerpo anhelaba.Al sentir el roce de esos dedos, ella gimió y separó las piernas para permitirle un mayor acceso, una invitación que él aceptó al introducir un dedo largo dentro de Paula seguido de otro, con la otra mano le masajeaba el pecho al mismo y devastador ritmo.

Una y otra vez

Con las caricias más intensas, profundas y rápidas. El calor se elevó de forma insoportable a medida que Paula movía las caderas al encuentro de las embestidas del dedo de Pedro dentro de ella.


—¡Por favor no pares! jadeó sin aliento —¡Por favor, no pares!
—¡Déjate llevar, Paula! —musitó sobre su garganta. —¡Entrégate!
—Sí... aceptó entrecortadamente ¡Oh, sí! ¡Oh, Dios sí...! —se retorció contra la mano de Pedro a medida que su orgasmo se descontrolaba y la recorría una oleada tras otras de un placer demoledor.

Él la mantuvo cautiva mientras continuaba dándole placer con los dedos y Paula experimentaba un orgasmo tras otro, con el cuerpo una masa trémula bajo el más ligero contacto de Paula.

—Pedro...—sollozó al final al derrumbarse exangüe en sus brazos.

Capitulo 34

El Jet de los Alfonso era lo máximo en lujo. Sólo tenía seis asientos extremadamente confortables en la cabina principal, amplia y alfombrada con un bar en el extremo donde se hallaba la cabina del piloto y una puerta que daba a un compartimento privado en el otro extremo.
Pedro le había dado instrucciones al capitán de despegar en cuanto ellos y el equipaje estuvieran a bordo, un auxiliar de vuelo había depositado dos copas altas de champán delante de ellos, para luego servir el líquido burbujeante y dejar la botella en una cubitera con hielo junto a Pedro antes de desaparecer en la cocina que había detrás del bar y cerrar la puerta con discreción a su espalda.
Paula se había impuesto no mirar la copa ya que le recordaba con demasiada intensidad aquella noche pasada con Pedro cinco años atrás. Lo último que necesitaba rememorar en ese momento


—Tu padre y tú desde luego saben viajar con estilo—comentó con ligereza.


El asintió.

—Como lo harán Toby y tú ahora que son Alfonso.


El recordatorio del cambio experimentado le atenazó las entrañas.

Paula Alfonso... Esposa de Pedro.


—Sin duda Toby se quedará impresionado —repuso.
—¿Pero tú no?


Se sentía más nerviosa que impresionada, nerviosa por estar realmente a solas con Pedro por primera vez en cinco años y aterrada por pasar una semana con él en una isla del Caribe.

Movió la cabeza.


—No soy una niña de cuatro años, Pedro.
—No, no lo eres.


Tuvo que girar la cabeza para quebrar el contacto con esa mirada tan intensa antes de poder ponerse de pie con brusquedad.


—Creo... Creo que me gustaría ir a la otra sala para quitarme el vestido de novia.
—Una idea excelente Paula —murmuró él.


Frunció el ceño al ver que también se ponía lentamente de pie, su estatura y la anchura de sus hombros dominaron en el acto la cabina.


—Creo que soy bastante capaz de cambiarme solamanifestó con voz aguda.


Pedro inclinó la cabeza con gesto burlón.


—Pensé que podrías necesitar algo de ayuda con la cremallera de la espalda.


Paula se dio cuenta de que no andaba descaminado. Micaela la había ayudado a vestirse, pero en momento no se sentía cómoda con la idea de que Pedro la ayudara a desvestirse...
¡¿Cómoda?! La idea de que él la tocara era suficiente para terminar de destrozarle los nervios. Se dijo que nunca más iba a ponerse ese vestido, entonces, ¿que problema había si le arrancaba las mangas?


—Estoy segura de que me las podre arreglar gracias —repuso con voz distante mientras se daba la vuelta
—Yo también necesito cambiarme —insistió Pedro al llegar a la puerta del compartimento posterior antes que ella y abrírsela.


Paula lo miró insegura, sabiendo por el desafío que irradiaban sus ojos que él esperaba continuar discutiendo con ella. Experimentó el deseo perverso de no brindarle esa satisfacción.


—Bien —aceptó con ligereza y pasó ante él para entrar en la cabina contigua.


Se detuvo en seco al encontrarse no en otra sala como había supuesto, sino en una habitación cuyo centro estaba dominado por una cama enorme. Los ojos de Pedro brillaron divertidos al ver la expresión aturdida de Paula al ver la lujosa habitación, los vestidores, la alfombra mullida y las sábanas de seda de color dorado que cubrían la cama con varios cojines de similar tapizado sobre las almohadas mullidas.
Por desgracia no permaneció aturdida mucho tiempo antes de girar y mirarlo con expresión acusadora.


—¡Espero que no albergues ninguna idea acerca de añadir mi nombre a la lista de mujeres que has seducido aquí! —espetó.


El humor de Pedro se evaporó al oír el insulto deliberado.


—Tienes la lengua de una víbora.


Paula enarcó las cejas, divertida.


—Es un poco tarde para arrepentirse, ¿no crees Pedro? espero que no hayas olvidado que nos hemos casado hoy.
—Oh, lo recuerdo, Paula —remarcó —quizá es hora de que yo te lo recuerde—cerró la puerta con suavidad.


Ella dio un paso atrás al saber cuál era su intención.


—Hablaba en serio, Pedro... ¡no pienso convertirme en otra muesca en el poste de tu cama!


Él avanzó un paso con la mandíbula apretada.


—Yo también hablé en serio hace cinco semanas acerca del derecho que tenías de cambiar de parecer en que nuestro matrimonio fuera sólo nominal


La alarma hizo que Paula abriera mucho los ojos.


—¡Aquí no!
—Donde quieras y cuando quieras —prometió.


Se alejó de él.


—Te he dicho que no me convertiré en otra mues...
—Si vuelves a mirar la cama, Paula, verás que no tiene ningún poste —expuso con peligrosa suavidad. —Y nos encontramos a unos cinco mil metros de altura.
—A tu club de los cinco mil metros, entonces—persistió, plantándole cara con valentía y afanándose en ocultar el nerviosismo que sentía.

Algo que no escapó a la mirada penetrante de Pedro, avanzó otro paso y se detuvo a unos centímetros de Paula, de esos labios trémulos. Unos labios carnosos levemente entreabiertos, que representaban una tentación, como la punta de la lengua que Paula sacó para humedecérselos.

Una invitación que no tenía ninguna intención de declinar..

lunes, 3 de marzo de 2014

Capitulo 33

—No tengo más ropa conmigo...
—Micaela fue lo bastante amable como para prepararte una maleta —explicó él está en el coche con la mía. Toby también arregló las cosas para quedarse con tus padres durante la semana que estemos fuera añadió—Mi padre se quedará en Inglaterra y los visitará a menudo.
—Desde luego has estado ocupado, ¿verdad? —suspiró, se quitó el velo con cuidado y lo metió en la parte de atrás del coche—Así está mejor.


Había sido el día más difícil de su vida, empezando con la conversación que su padre había insistido en mantener con ella a primera hora de la mañana. Al bajar a las seis y media, lo había encontrado en la cocina tomando un café, mantuvo una conversación ligera mientras ella se preparaba otro café pero en cuanto se sentó a la mesa con él, todo cambió.
Con gentileza había expuesto la preocupación que sentían su madre y él acerca de la precipitación de la boda con Pedro ¿Hacía lo correcto y estaba segura de que era lo que realmente quería? No había duda sobre lo que sentía Toby, pero... ¿iba a ser feliz ella?

Mentirle a su padre había sido probablemente lo más duro que había hecho jamás, incluso al recordarlo sentía que se le humedecían los ojos.

 —Y bien, ¿adónde has decidido que vamos a ir de luna de miel? preguntó para distraerse. Pedro apretó los labios al oír el tono de fatiga de Paula, que no hizo esfuerzo alguno en ocultar que ese día había sido una prueba dura que había tenido que pasar. Le había parecido asombrosamente hermosa al avanzar por el pasillo hacía él, una visión en satén blanco y encaje, pero ella había evitado mirarlo. La voz le había temblado por la incertidumbre al pronunciar los votos al igual que la mano al permitir que él le introdujera la alianza en el dedo, cuando la besó para sellar dichos votos, su boca había permanecido rígida e indiferente aunque había realizado el esfuerzo de sonreírle a los invitados mientras avanzaban por el pasillo ya como marido y mujer.


—Vamos a ir a tu isla en el Caribe—le informó él.
—No quieres decir ¿tu isla en el Caribe? —corrigió Paula
—No, hablo de la tuya —corroboró Pedro. Es mi regalo de boda —no había querido decírselo de esa manera, había pretendido que fuera una sorpresa en cuanto llegaran allí. Y lo habría hecho de no sentirse tan frustrado con el comportamiento tan distante de ella.


Paula se quedó aturdida e incrédula ¿Pedro le daba una isla entera en el Caribe como regalo de boda?

El sonrió con ironía al captar su expresión.


—No te preocupes Paula. No es más que una isla pequeña.
—¿Incluso una isla pequeña no es exagerado cuando yo sólo te compré unos gemelos? —preguntó ceñuda.


Y lo había hecho en el último momento porque Micaela, su dama de honor, le dijo que debía hacerlo. hasta entonces no se le había pasado por la cabeza regalarle algo por la boda. ¿Que podía darle a un hombre que lo tenía todo?
Aunque en la iglesia había notado que había lucido los gemelos de diamantes y ónice en los puños de su impecable camisa.


—Me has dado mucho más que eso, Paula —le aseguró con voz ronca.


Lo miró con suspicacia, pero su expresión no le reveló nada.


—No sé a qué te refieres —murmuró con incertidumbre.
—Hablo de Toby, Paula. Me has dado un hijo —explicó.


Lo miró, parecía tan tenso como ella se sentía, con arrugas en los ojos y la expresión sombría en la boca, su piel estaba algo pálida bajo el tono naturalmente cetrino.
Qué distinto habría podido ser todo si cinco años antes Pedro no hubiera estado enamorado de otra mujer, qué diferente habría podido ser ese día si se hubieran casado porque estaban enamorados.
Pero eran dos extraños que se habían casado para proteger y mantener la felicidad de su hijo.

Tragó saliva.


 —Si no te importa, creo que me gustaría estar aquí sentada y en silencio un rato —cerró los ojos.

A Pedro le importaba, si Paula creía que las últimas cinco semanas habían sido menos estresantes para él, se equivocaba. Tal como habían pactado, estando con gente ella había logrado mantener un aire de felicidad serena, pero en cuanto se quedaban solos, todo había sido distinto.
Había mostrado una absoluta falta de interés siempre que había tratado de hablar con el de los planes de la boda, se mostró poco comunicativa los tres domingos por la mañana que habían asistido juntos a la iglesia,y  lo peor de todo, cuando se quedaban solos había evitado hasta tocarlo.
Si Paula deseaba castigarlo por obligarla a casarse entonces no habría podido encontrar mejor manera de hacerlo que con ese silencio gélido y la evidente aversión que mostraba al más leve contacto.

Capitulo 32

—¡Eres una novia deslumbrante,Paula! —Micaela sonrió emocionada mientras le daba los últimos retoques al velo antes de retroceder para admirar el aspecto de su hermana.


Ésta sólo podía contemplar embotada su reflejo, enfundado en un hermoso vestido de novia de satén blanco y un precioso velo de encaje, en el espejo de cuerpo entero en la puerta del armario del dormitorio que había sido suyo de niña. ¿Quién habría podido imaginar que apenas cinco semanas después de aceptar la proposición de matrimonio de pedro, se estaría preparando para ir a la iglesia con su padre a fin de convertirse en la esposa de el?

La esposa de Pedro Alfonso.

¡Dios mío!


—¿Es que tienes alguna duda acerca de casarte con un hombre tan magnífico como Pedro, Paula? —bromeó Micaela ante su evidente nerviosismo.
—No, no puedo, ¿verdad? — convino con forzada ligereza—¿Quieres ir a decirle a papá que ya estoy lista para marchamos? —pidió, esperando que su hermana saliera de la habitación para volver a mirarse en el espejo.

¿Qué sentido tenía arrepentirse de casarse con Pedro cuando éste ya había reclamado legalmente a Toby como hijo suyo? Tobias Chaves en ese momento era Tobias Alfonso.Como ella misma no tardaría en convertirse en Paula Alfonso.
Incluso ese nombre le sonaba extraño, ajeno, lo cual describía bien cómo se había sentido ella misma durante las últimas cinco semanas. La mujer reflejada en el espejo desde luego se parecía a ella, pero no sentía ningún júbilo ante la idea de convertirse en la esposa de Pedro.

Hacía cinco semanas que habían compartido la noticia de su compromiso con sus entusiasmadas familias. Luego, Toby y ella se habían quedado en San Francisco dos días más para darle a Pedro tiempo de arreglar las cosas antes de volar a Inglaterra con ellos, desde entonces, él se había quedado en la casa de Surrey donde Paula lo vio por primera vez, pero iba todos los días a su casa con el fin de pasar tiempo con Toby. Cuando se hallaban en presencia de alguna de las dos familias, daban la impresión tal como habían acordado, de sentirse muy felices juntos. Algo complicado por parte de Paula, ya que cuanto más tiempo permanecía con él, se volvía más consciente ante de su presencia física, y pensar que había dicho que sólo sería un matrimonio nominal...
Atribulada pensó que era el día de su boda y que no podía sentirse más desdichada.


—¿Adónde vamos?
—A nuestra luna de miel, por supuesto —contestó él con satisfacción mientras conducía el deportivo negro hasta la pista privada donde el Jet de los Alfonso los esperaba después de que los invitados les ofrecieran una cálida despedida
—¿Que luna de miel? —giró en el asiento para mirarlo ceñuda,, aún llevaba el vestido de novia y el velo—En ningún momento en las últimas cinco semanas hablamos sobre irnos de luna de miel
—No lo hablamos porque de haberlo hecho sabía que esta sería tu reacción —le confesó impertérrito.


La frustró su despotismo.


—Se suponía que iba a ser una sorpresa—gruñó él.
—Desde luego lo ha sido.
—Es la sorpresa de Toby, Paula—explicó Pedro.
—¿De Toby? —lo miró fijamente


El asintió


—Nuestro hijo me confesó hace varias semanas que las personas recién casadas se van de luna de miel después de la boda.


Se le encendieron las mejillas.


—Deberías haberle explicado.
—¿Que es exactamente lo que debería haberle explicado Paula? cortó con aspereza— ¿Que aunque sus padres ahora están casados no están enamorados? ¿Que su madre no tiene ningún deseo de pasar tiempo a solas con su padre?


Paula hizo una mueca para sus adentros, cuando lo ponía de esa manera... Habían pasado las últimas semanas, por separado y juntos, convenciendo a Toby de que iban a ser felices como una familia de verdad habían tenido éxito en lo referente al pequeño, razón por la que este había decidido que el que sus padres se fueran de luna de miel era lo que hacían las «familias de verdad»

Capitulo 31

—¿Cuál es tu condición, Pedro? —preguntó.


Caminó lentamente hacia ella y se detuvo a unos pasos de distancia. Paula clavó las uñas en las palmas de sus manos, completamente consciente del calor y de la fragancia que emanaban del cuerpo de él.


—¿Qué quieres? —espetó a la defensiva, recibiendo una sonrisa pausada y seductora—Me refería a tu condición, Pedro —se apresuró a explicar.


¡Por la mirada de él podía ver claramente qué era lo que quería!


—Ah, sí. Mi condición es que, con el fin de garantizar la armonía en nuestras dos familias, sugiero que crean que nuestro matrimonio es por amor.


 La incredulidad la dejó boquiabierta.


—¿Quieres que finja que estoy enamorada de ti?
—Sólo en público —explicó.


Lo miró furiosa.


—¿Y en privado?
—Oh, por el momento me vale sólo con el deseo—repuso con suavidad.
—Arrogante hijo de...
—Insultar a mi madre no logrará nada salvo irritarme sobre manera, Paula—le advirtió.
—Lo siento tanto—repuso con sarcasmo. —Mi intención era insultarte a ti, no a tu madre.


Pedro se sentía excitado, no insultado. El matrimonio con Paula prometía ser un festín para los sentidos.

Sonrió.


—No me siento insultado —le aseguró con voz ronca —Intrigado tal vez, pero no insultado.
Es una pena.

La sonrisa de él se amplió. —¿Aceptas mi condición entonces?

—Te aseguro que no deseo preocupar a mis padres y hermanos sobre la elección que estoy realizando más que tu a tu padre.
—¿Y entonces...?
—Entonces —concedió a regañadientes —en público intentaré asegurarme de que parezca que nuestro matrimonio es algo que yo quiero.
—Bien — Dijo él satisfecho al alzar la mano y posarla en la delicada curva de la mandíbula de Paula sintiendo como ella se ponía tensa ante ese ligero contacto antes de apartarse. Ni tu familia ni la mía quedarán convencidas de nuestro amor mutuo si reaccionas de esa manera cuando te toco gruñó con desaprobación al bajar la mano al costado.

Ella bufó.

—Te prometo que trataré de hacerlo mejor cuando estemos en público
—Con intentarlo no basta —indicó Pedro con frialdad
—Es la única respuesta que puedo darte ahora —le dijo cansada.


Pedro la estudió y pudo percibir el aire de derrota que ella ya no intentaba ocultarle.
Sí, había ganado la batalla al forzar a Paula en la cuestión del matrimonio y en reclamar a Toby como su hijo, pero sintió poco triunfo en esa victoria al sentir que, con ella, podía haber puesto en peligro el éxito de toda la guerra que libraban.

viernes, 28 de febrero de 2014

Capitulo 30

La miró con suspicacia.


—¿Y eso qué significa exactamente?


Le dedicó una sonrisa burlona.


—¿Significa que me reservo el derecho a... persuadirte digamos, de cambiar de idea.


¿Sabía que con ese comentario quería decir que se reservaba el derecho a tratar de seducirla para que cambiara de idea siempre que le apeteciera? ¿Podría resistirse a la tentación? Al vivir con Pedro las veinticuatro horas del día ¿sería capaz de no caer bajo el embrujo de su seducción? ¿Tenía alguna elección aparte de intentarlo?

Antes me sorprendiste Pedro afirmó con valor— en el futuro estaré en guardia contra... bueno, contra cualquier intento tuyo de reanudar semejantes atenciones.


Sonó tan seria y tan firme en su resolución, que no pudo más que admirarla.


—No permitiré que haya ningún otro hombre en tu vida Paulale advirtió con seriedad.
—¿Y esa regla también se aplica a ti, soltó?


La miró divertido.


—Mis propios gustos no van en esa dirección en particular...
—¡Sabes muy bien a que me refería! —exclamó exasperada.


El se encogió de hombros.


—No habrá ninguna otra mujer en mi cama que no seas tú, Paula .
¡Yo tampoco estaré en tu cama!


Para Pedro, el hecho de que ella no lo creyera, no significaba que no fuera a ocurrir.


—Has puesto tus propias condiciones para nuestro matrimonio le dijo Ahora quiero exponerte las mías
—¿Tú también tienes condiciones? —inquirió desconcertada.
—Por supuesto sonrió ¿Es que pensaste que iba a dejar que todo fuera como a ti te apetecía?
—¡Obligarme a casarme contigo no encaja en esa categoría! —desdeñó.


El volvió a encogerse de hombros.


—Tienes elección, Paula
—No es viable
—No —reconoció con sencillez. —No obstante, sigue siendo una elección.


Paula suspiró frustrada, sólo quería que esa conversación se acabara de una vez por todas. Estaba cansada, tanto emocional como físicamente, necesitaba tiempo y espacio a solas para sentarse a lamerse las heridas. Para reconciliarse con la idea de que iba a casarse con Pedro Alfonso
Qué diferente habría sido todo si hubiera ocurrido cinco años atrás, que distinta se habría sentido ella si la noche que pasaron juntos hubiera representado el comienzo de algo que hubiera terminado con Pedro pidiéndole que se casara con él.
Pero la proposición de ese momento no era más que una transacción de negocios. Un matrimonio de conveniencia porque los dos deseaban asegurar que al menos, la vida de Toby continuara con felicidad y armonía.