sábado, 15 de marzo de 2014

Capitulo 41

Ningún hombre tenia el poder de convertirle en gelatina las rodillas con una sola mirada, ningún otro hacia que se sintiera deseable, que lograra que perdiera el control con un simple contacto de la mano...
Por lo que a ella concernía No había ningún otro hombre, sintió que palidecía al mirarlo con sensación de impotencia. Lo amaba... Amaba a Pedro.

¿Acaso alguna vez había dejado de amarlo?

Con una sensación próxima al pánico, reconoció que probablemente, no. Se había enamorado de él aquella noche de cinco años atrás, y aunque no había vuelto a verlo había seguido amándolo. Esa era la razón por la que ni siquiera había mostrado interés en salir con otros hombres durante todo ese tiempo, por la que nunca le había atraído otro.

¡Porque ya estaba enamorada de Pedro Alfonso y siempre lo estaría!

Y en ese momento estaban casados. Estaba casada con el hombre al que amaba, al que siempre amaría, y al que no podía hablarle de ese amor porque no era lo que quería de ella. Lo único que Pedro quería era a su hijo; ella simplemente iba con el paquete.

Se puso de pie.


—Creo que no, Pedro le dijo con rigidez. Estoy cansada, regresare a la villa y dormiré una siesta antes de la cena.


El permaneció en la playa mirándola caminar entre los árboles en su ascenso hacía la casa, con el cabello sedoso sobre los hombros y un tentador contoneo de caderas.

¿Que acababa de suceder?

En un momento dado, ella lo había estado deseando como hacía siempre, algo de lo que él siempre disfrutaba y al siguiente pareció que había cerrado por completo sus emociones. Quizá era lo mejor, sabiendo que no se atrevería a arriesgarse a dejar embarazada a Paula hasta no tener la certeza de que ella no correría peligro...

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—Dime que pasó hace cinco años, Pedro.
—¿En referencia a...? —la miró con expresión reservada desde el otro lado de la mesa.
—Al accidente, por supuesto —indicó impaciente.
—Ah —se reclinó y bebió un sorbo de vino blanco que había abierto para acompañar la langosta y la ensalada que habían preparado juntos y que acababan de terminar.


Paula frunció el ceño.


—¿A qué creías que me refería?


La miró con parpados entornados mientras admiraba lo maravillosa que estaba con el sencillo vestido negro hasta las rodillas. Las finas tiras de los hombros y la desnudez de los brazos revelaban el ligero bronceado que había adquirido antes en la playa, llevaba el rostro libre de maquillaje salvo por un poco de brillo en los labios y el cabello suelto caía como una cascada sobre los hombros.

Nunca había estado más hermosa o deseable.


—¿A que creía que te referías? —repitió despacio. —¿Tal vez a la noche que pasamos juntos?
—¡Creo que ambos somos conscientes de lo que sucedió esa noche! —señaló con sequedad. Estudiante impresionable conoce a un sexy piloto de carreras—explicó ante la mirada inquisitiva de Pedro. —Y el resto es historia como suele decirse.
—¿Y qué dices tú Paula?
—¿Que debería decir?


Podría decir que se había comportado cómo una put*, que debería haber tenido más sentido común y no haber caído rendida ante tanto encanto.Que jamás debería haber cometido la absoluta necedad de enamorarse de un hombre como Pedro Alfonso


—Oh, no Pedro—sonrió sin humorNo vas a desviarme de mi pregunta original irritándome.
—¿No?
—¡No!
—Siento curiosidad por conocer la razón de que hablar de la noche que pasamos juntos hace cinco años pueda causarte irritación.
—¡Pedro! —protestó.
—¿Paula?

Quizá si hubiera seguido llamándola Paula de esa manera fría y distante entonces se habría negado a contestarle. Quizá. Pero cuando pronunciaba su nombre de ese modo ronco y sexy no tenía ni una sola posibilidad.

sábado, 8 de marzo de 2014

Capitulo 40

Paula salio a la terraza, de pronto comprendió que no había dicho nada y que Pedro esperaba...

—Yo no me preocuparía por ello. Todos los hombres son iguales en la oscuridad... —calló al sentir las manos de Pedro cerrándose sobre sus brazos. —¡Suéltame! —jadeó.

No le prestó atención.

—No me interesa saber lo que piensas de otros hombres, Paula. ¡En la oscuridad o en otra situación!

Lo miró y sólo pudo ver la furia que hervía en el.

 —Tus cicatrices no me molestan, Pedro, y ésa es la verdad —respondió finalmente.

 Pasados unos segundos, la soltó con brusquedad.

—Pasaré unos minutos más comprobando el equipo, así que quizá te apetezca ir a nadar mientras esperas —sugirió.

Paula dio media vuelta y se dirigió hacia la playa. Otro día en el paraíso...

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—¡Ha sido la experiencia más maravillosa de mi vida —exclamó en cuanto salió del mar y se quitó la máscara.
—¿La más maravillosa? —Pedro enarcó las cejas con gesto burlón mientras se quitaba el equipo antes de sentarse en la manta extendida en la arena dorada.
—Bueno... una de ellas —se apresuró a corregir ella. —Sostener a Toby en brazos segundos después de su nacimiento probablemente fue la más maravillosa —añadió con ternura.

El frunció el ceño.

—Me habría gustado compartir esa experiencia contigo.
—Ha sido un día precioso, Pedro, no lo estropeemos con otra discusión —suspiró al sentarse junto a él en la manta antes de quitarse el equipo de buceo y dejarlo en la arena. Se apartó el cabello mojado de la cara, rodeó sus rodillas con los brazos y apoyó la barbilla en ellas. Además dudo mucho que te hubieran dejado entrar en el paritorio a pesar de ser quien eres.

El enarcó una ceja

—¿A pesar de ser quién soy...?

Paula asintió.

—Ni siquiera el apellido Alfonso te habría conseguido acceso bromeó—Hubo un pequeño susto en el último momento —explicó. Mi tensión arterial se disparó, Toby se angustió y tuvieron que trasladarme a toda velocidad a un quirófano para someterme a una cesárea.

El se puso tenso.

—¿Tu vida corrió peligro?
—Creo que nuestras dos vidas estuvieron en peligro durante un rato —reconoció ella. —Pero por suerte al final todo salió bien.
—¿Es factible que suceda lo mismo en un segundo embarazo?

Lo miró sorprendida.

—No lo sé. Jamás se me pasó por la cabeza preguntarlo. ¿Pedro? —él se incorporó súbitamente para acercarse al borde del agua. —¿Pedro? ¿Qué sucede? —vio que cerraba las manos con fuerza tal como yo lo veo, tanto tú como yo estuvimos a punto de morir y tenemos cicatrices que así lo prueban...


Calló cuando se dio la vuelta con expresión fiera.

—Sólo intentaba quitarle hierro al asunto —razonó.
—¿Crees que el riesgo que corrió tu vida es asunto de risa?

Ella hizo una mueca.

—Creo que es algo que sucedió hace casi cinco años. Ahora no es más que historia, todos seguimos aquí después de todo.

Pedro sabía que ella tenia razón, pero enterarse que tanto Paula como Toby podrían haber muerto durante el parto hizo que se preguntara, y temiera que un segundo embarazo pudiera ser igual de peligroso.

—¿Puedo ver tu cicatriz?

Lo miró con cautela de pie ante ella y bloqueando el sol, el rostro intenso. ¿Quería ver la cicatriz de su cesárea?

Tragó saliva.

—¿Puedes aceptar mi palabra de que la tengo ahí? —justo debajo de la línea del escueto biquini.

Parte de la tensión se evaporó de la cara de él.

—No.
—Oh se mordió el labio inferior. —Preferiría no hacerlo —a la defensiva abrazó con más fuerza sus rodillas.
—¿Por que no?
—¡Porque está en un sitio demasiado íntimo por eso!

Porque ya se sentía demasiado expuesta, vulnerable, con ese mínimo bikini como para mostrarle más piel.

—Quizá más tarde —dijo girando la cara.
—Ahora.

Frunció el ceño irritada cuando volvió a mirarlo.

—¡Pedro, no tenemos porque desnudarnos literalmente el uno ante el otro durante nuestros primeros días de matrimonio!

Le ofreció una sonrisa dura.

—Tú has visto mis cicatrices ahora me gustaría ver las tuyas.
—Preferiría que no —espetó.
—Los hombres y las mujeres también son iguales a la luz del día Paula —murmuró él.


¡Claro que no lo eran! sencillamente no había otro hombre como Pedro Alfonso...



Continuara....




Espero sus comentarios :) ultimos capitulos!

Capitulo 39

—¿Sabes bucear Paula?

No alzó la vista de la tostada que comía mientras desayunaban en la terraza

—¿Tu?

Como bien había adivinado, no había sido una noche apacible y aún seguía despierta fingiendo que no lo estaba cuando media hora más tarde Pedro se reunió con ella en el dormitorio. Que él se quedara dormido a los cinco minutos de haber apoyado la cabeza en la almohada no había cambiado en nada la tensión que sentía y había permanecido horas despierta incluso después de que la respiración acompasada de él, le indicara que seguía profundamente dormido a su lado.
El único consuelo que tuvo fue que Pedro ya estuviera levantado y preparando el desayuno cuando ella despertó poco después de las nueve de la mañana, pero aún sentía los ojos arenosos por la falta de sueño y lo único que deseaba de verdad era volver a la cama.

—Si no supiera, no te lo habría preguntado —señaló él antes de beber un sorbo de café. —¿Te gustaría aprender?

Llevaba una camisa de mangas cortas y pantalón blanco y parecía mucho más relajado que lo que tenía derecho a estar.

—Supongo que podría probar —acordó irritada. —Siempre y cuando no seas uno de esos profesores que se enfada con sus alumnos.
—No me cabe duda de que serás una alumna muy atenta, Paula—bromeó él, reconociendo por sus ojos y su cara en general que no había dormido bien.

Cuando la noche anterior se acostó a su lado, había sabido que seguía despierta, ofreciéndole con firmeza la espalda en su afán por aparentar estar dormida.Un engaño que le había permitido mantener, por el momento era suficiente que aceptara que iban a compartir una cama en el futuro.

Lo miró fijamente.

—Espero sinceramente que te refieras al buceo
—¿A qué otra cosa podía ser? —la provocó.

Siguió observándolo con suspicacia durante varios segundos, y luego se encogió de hombros.

—¿Por qué no? Es evidente que no tengo nada más que hacer hoy —se puso de pie de golpe.

Pedro la miró con curiosidad.

—¿Tal vez habrías preferido ir a un lugar algo más... divertido... en nuestra luna de miel?

Le lanzó una mirada agria.

—Oh, yo creo que esto es bastante divertido, ¿tú no?

 Él rió suavemente.

—Esperemos que sí.

Paula se negó a aceptar el desafío de su mirada.

—Iré a cambiarme.

Aunque no estuvo muy segura de ello en cuanto vio las piezas diminutas que Micaela, evidentemente al tanto del secreto de la luna de miel, le había guardado en la maleta.
Había dos biquinis. Uno negro que consistía de dos piezas exiguas de tela que apenas le cubrían algo, y uno rosa que si tenía más tela en la mitad inferior, aunque por desgracia el sujetador era de un escote profundo lo que significaba que en cuanto se lo pusiera los pechos se asomarían por todas partes.Paula olvidó su propia timidez con el biquini rosa en el momento en que salió a la terraza y contempló a Pedro con el bañador negro más pequeño y sexy que jamás había visto.
De caderas bajas, la tela apenas cubría esa reveladora protuberancia frontal, una protuberancia de la que le costaba apartar la vista. Pedro se irguió del equipo de buceo y su expresión se endureció al percatarse de que Paula lo observaba.

—¿Acaso mis cicatrices te molestan después de todo?soltó con aspereza.
—¿Cicatrices?repitió desconcertada tratando de concentrarse en algo que no fuera ese bañador mínimo —Oh. Esas cicatrices—asintió al percatarse de las líneas entrelazadas que marcaban su pecho y espalda, en su pierna izquierda tanto por debajo como por encima de la rodilla, tenía algunas más profundas que parecían incisiones quirúrgicasYa te he dicho que no me parecen desagradables,Pedro—indicó ceñuda.
—Eso fue antes de ver la extensión que alcanzaba —explicó con sequedadA algunas mujeres les molestaría.


¿A algunas mujeres? ¿O ya había sucedido... quizá con Samantha, por ejemplo?

Capitulo 38

La miró fijamente cautivado por esos hermosos ojos verdes que brillaban de buen humor. Era la mujer más hermosa que jamás había conocido

—Quizá me lo merecía admitió a regañadientes.
—Quizá sí —confirmó ella en absoluto arrepentida. La próxima vez vendremos en barco ¿de acuerdo? —dijo al recoger los cubitos del suelo.

Pedro permaneció en silencio al agacharse para ayudarla renuente a romper la súbita tregua con algún comentario que a ella pudiera no gustarle y por el momento satisfecho de que fuera a haber una próxima vez.

La tregua había continuado mientras paseaban por la playa, durante la cena que habían preparado juntos y tomando en la terraza que daba al océano, habían regresado fuera después de recoger la mesa. En un silencio agradable y relajado se habían terminado la botella de vino tinto que Pedro había abierto para acompañar la cena.Paula se había excusado hacía una media hora para ir al dormitorio principal a preparar la cama, pero él había elegido quedarse fuera un rato más, reacio todavía a decir o hacer algo que pudiera romperla ilusión de camaradería que habían encontrado desde el incidente de los cubitos. Iban a quedarse en la isla una semana y preferiría que no dedicaran todo el tiempo a pelearse.
Mirándola en ese momento con un camisón de un lila pálido, la tela sedosa ciñéndose a sus pechos y moldeando la gentil curva de sus caderas, supo que quería quitarle incluso ese atuendo antes de hacerle el amor, algo que, después de los comentarios en el avión, sin duda quebraría la ilusión de camaradería que habían compartido hasta el momento.
Metió las manos en los bolsillos de los pantalones negros que se había puesto para cenar.

—Pensé que preferirías disfrutar de intimidad después de un día tan largo y agotador.

Paula lo estudió, pero fue incapaz de leer su estado de ánimo.

—¿No vas a venir a la cama? —preguntó al final con cierta inseguridad
—Luego, tal vez —repuso. —Todavía no estoy cansado.

Paula no había tenido precisamente en mente la idea dormir al formularle la pregunta.
Mientras paseaba con Pedro descalza por la playa, había descubierto que la isla era hermosa y completamente virgen. Todo, desde el paisaje, el agua al romper sobre sus pies o la brisa cálida, se había sumado a la atmósfera de seducción de la noche, a la percepción oculta incluso en la mínima mirada que compartían.
La renuencia que Pedro mostraba en ese momento en ir a la cama, parecía dar a entender que sólo ella había sentido esa palpitante percepción, porque cuando antes le había hecho el amor ¿únicamente había sido un modo de demostrarle que realmente podía hacérselo donde y cuando le viniera en gana, tal cómo le había expuesto de forma tan cruda, y una vez que lo había dejado claro ya no sentía la urgencia de repetir la experiencia?
Que ridícula había sido al imaginar que como no habían discutido en las últimas horas habían podido alcanzar una especie de comprensión en su relación.Pedro jamás había mantenido en secreto el motivo por el que se casaba con ella, Toby.
Sintió que el rubor de la humillación le quemaba las mejillas.

—Tienes razón prefiero intimidad —afirmó—Por ello sería mejor si usaras uno de los otros dormitorios y te mantuvieras alejado del mío durante nuestra estancia aquí.

Pedro entrecerró los ojos y observó su pose desafiante.

—¡No te acerques! —le advirtió al ver que daba un paso hacia ella.

Advertencia que eligió soslayar al plantarse a centímetros de Paula con las manos cerradas a los costados. Ella sintió que su propia furia comenzaba a desvanecerse al quedar fascinada por el nervio que palpitaba junto a la cicatriz lívida en la tensa mejilla izquierda de Pedro, estaba tan atractivo con el pelo largo y revuelto, la camisa de seda negra y los pantalones a medida... hasta los ojos daban la impresión de centellear de otro color a la luz de la luna.
Paula jamás había conocido a un hombre con la gracilidad y apostura de Pedro, nunca había tenido una percepción física tan profunda de otro hombre que no fuera él, jamás había deseado a otro como constantemente parecía desear a Pedro.
Tragó saliva.


—Tienes razón Pedro ha sido un día largo y agotador. Demasiado para mantener esta conversación —comentó. —Yo...te deseo que pases una buena noche.

El esbozó una sonrisa desdeñosa.

—¡Dudo mucho que lo sea!
Ella movió la cabeza.

—De verdad debemos encontrar un modo de dejar de insultarnos, Pedro.
—La única vez que lo conseguimos es cuando hacemos el amor pero... —se encogió de hombros. —Buenas noches Paula... Intentaré no despertarte cuando vaya a la cama.

Ceñuda ella dio media vuelta y se dirigió despacio al interior, demasiado agotada para luchar contra él acerca de la distribución de las habitaciones y más cuando Pedro había dejado bien claro que perdería.
Dudaba mucho que pudiera llegar a quedarse dormida sabiendo que en cualquier momento él se presentaría para compartir la que en ese momento era la cama de ambos.
Dudaba mucho que pudiera llegar a dormir con él a su lado.

Capitulo 37

Mantuvo la sabana contra su pecho, al sentarse el cabello le cayó sedosamente sobre los hombros, Se cambio y salio a su encuentro con Pedro fuera del Jet

—Pensé que habías dicho que era una pequeña isla caribeña.
—Lo es —confirmó él—Completaremos el resto del viaje en helicóptero.

Paula no había subido nunca a un helicóptero y no estaba segura de cómo respondería en un aparato tan pequeño, se sintió incluso más incomoda al enterarse de que era Pedro quien pretendía pilotarlo
Lo miró dubitativa cuando ocupó el asiento a su lado después de guardar las maletas en la parte de atrás.

¿Estás seguro de que sabes llevar una de estas cosas?
—Muy seguro —corroboró —Paula, te garantizo que estarás perfectamente a salvo en mis manos —añadió burlonamente ante la persistente duda de ella.

Paula lo observó con ojos entrecerrados antes de girar la cabeza para mirar por la ventanilla el sol brillante que se reflejaba en el océano verde azulado más allá de una playa de arena blanca oro. Una pose relajada que sólo duró lo que Pedro tardó en arrancar y mover los controles para elevar el helicóptero del suelo, cuando el aparato oscilo en el aire, se aferró al brazo de él.

—¡Creo que voy a vomitar! —grito.
—No vomitaras si posas la vista en el mar y no en el suelo —instruyó Pedro.

Era fácil decirlo pero su estomago siguió agitándose en señal de protesta durante varios minutos interminables, y sólo se asentó ligeramente cuando el helicóptero se estabilizó y al fin pudo apreciar la belleza del paisaje.

¿El mar era tan azul? pudo ver el fondo arenoso en varios sitios incluso más cuando comenzaron a aproximarse a una isla pequeña rodeada de playas inmaculadas, hermosas y con un paisaje verde, exuberante y con muchos árboles.
Pedro sobrevoló la playa y Paula observó asombrada que se dirigía a una villa blanca en lo alto de una loma situada un poco tierra adentro, rodeada por más árboles y enormes flores de colores.

 —La casa —indicó él ante la mirada de curiosidad de ella mientras descendía el aparato en una zona verde y llana adyacente a la villa. —¿Qué esperabas, Paula? —en cuanto aterrizaron se volvió hacia ella. —¿Pensabas que te traía a un cobertizo en mitad de ninguna parte?

La verdad era que no había pensado demasiado en donde se alojarían una vez que llegaran a la isla. El hecho de que Pedro le hubiera regalado una isla ya le había parecido demasiado fantástico.

—Es un poco primitiva en el sentido de que no hay criados que nos sirvan —advirtió el.

Paula sonrió con ironía.

—No echaré en falta lo que nunca he tenido.
—La isla antes era de un francés que hizo construir la villa hace varios años —le contó mientras bajaba del helicóptero—desde luego si quieres cambiar la decoración debes hacerlo.
—Es hermosa como esta —murmuró ella al quitarse las gafas de sol y seguirlo a la casa.

Los suelos eran de mármol de color crema y decorada con varias mesas con encimeras de cristal situadas convenientemente junto a los sillones y el sofá. La cocina resultó incluso más sorprendente con todo blanco, incluido el fogón la nevera y el congelador.

—Tenemos nuestro propio generador y suministro de agua potable —le explicó Pedro mientras ella recorría despacio la estancia—o más bien tú tienes tu propio generador y suministro de agua potable —corrigió con ironía.

Paula parpadeó totalmente abrumada una vez que ya se encontraba en la isla.

—¿De verdad todo esto es mío?

Pedro asintió.

—¿Te gusta? —su expresión no mostraba nada.
—¡Me encanta! —le aseguró con vehemencia —Yo... ¡Gracias Pedro! —añadió casi sin aliento—¿Cómo diablos trajeron todo? Los materiales para construir la villa, los muebles—preguntó.

El se encogió de hombros.


Del mismo modo en que llegó la comida que hay en la nevera y el congelador abrió la puerta de la nevera para mostrarle los alimentos allí guardados.—Por barco —aportó divertido al ver la expresión aún desconcertada de ella.

Paula entrecerró los ojos.

—¿Me estás diciendo que no tenía por qué haber sufrido el viaje en helicóptero? ¿Que podríamos haber venido en barco?


Pedro contuvo una sonrisa ante la leve indignación de ella.

—Pensé que sería más impresionante llegar en helicóptero —reconoció.
—Oh, eso pensaste ¿no? —musitó dejando el bolso en una de las encimeras.
—Sí —reconoció Pedro con cautela incapaz de analizar el estado de ánimo de Paula mientras ella iba a abrir la nevera y sacaba una cubetera antes de dirigirse al fregadero —Claro, debes tener sed —supuso —hay una selección de bebidas en... ¿Qué haces? —frunció el ceño al verla ir hacía él con un puñado de cubitos que le introdujo debajo del polo —¡Paula! —protestó al primer contacto incómodo de los cubitos helados contra el calor de su piel.
—Pensé que se te veía algo acalorado Pedro —se mofó cuando él retrocedió para quitarse los cubitos, varios de los cuales cayeron sobre el suelo de mármol.

—Maldita sea Paula... —calló cuando ella se puso a reír.

Se dio cuenta de que era la primera vez que la oía reír sin cinismo o sarcasmo desde que habían vuelto a verse hacía cinco semanas.

Capitulo 36

Paula despertó lentamente algo desorientada mientras miraba en torno del cuarto desconocido.

Y entonces recordó

No sólo donde se encontraba sino todo lo que había pasado desde que entrara en ese dormitorio, giró la cabeza en la almohada y la protesta de su cuerpo al acurrucarse en una posición fetal le recordó con claridad el modo en que Pedro la había acariciado y tocado.Su determinación de que fuera únicamente un matrimonio nominal había tardado poco en volar por los aires. ¡Ni siquiera habían abandonado el espacio aéreo británico antes de sucumbir a sus caricias!
Miró hacia la puerta al oír cómo se abría suavemente y su expresión se tornó defensiva al ver a Pedro de pie en el umbral.
El polo de color crema y los vaqueros que lucía demostraban que se había quedado en el dormitorio el tiempo suficiente para cambiarse después de que ella ¿Después de que ella qué? ¿Se derrumbara por el éxtasis que le había proporcionado una y otra vez hasta que sencillamente ya no pudo recibir más?

 ¡Oh Dios!

Apretó los labios.

—Si has venido a regodearte.
—He venido para ver si ya habías despertado—la corrigió con frialdad. Aterrizaremos en breve y antes necesitas tiempo para vestirte.

Lo cual le recordó que aparte de las braguitas y las medias estaba completamente desnuda bajo la sabana, también que así como ella se había quedado casi desnuda Pedro había permanecido vestido durante todo su anterior... ¿Anterior qué? ¿Encuentro sexual? ¿No sonaba horrible?

—Gracias —aceptó con cortesía indiferente.

Él la miró ceñudo unos momentos. Conociéndola como la conocía no había esperado que cayera perdidamente enamorada en sus brazos al despertar, pero esa frialdad y la acusación de que se había presentado para regodearse por la anterior rendición resultaban imperdonables.Con expresión sombría cruzó el dormitorio en tres zancadas se plantó junto a la cama y la miró.

—No es conmigo con quien estas enfadada, Paula
—No presumas de poder decirme lo que siento —soltó resentida mirándolo con ojos centelleantes.

Pedro se sentó en la cama y la atrapó bajo la sábana al apoyar una mano a cada lado de ella para inclinarse.

—Somos marido y mujer Paula, no existe ningún motivo para que te sientas avergonzada por lo que sucedió antes entre nosotros...
—No estoy avergonzada Pedro... ¡estoy disgustada! tanto conmigo misma como contigo —añadió con expresión de desafío al tiempo que lo miraba directamente a los ojos.

Él sabía que como la tocara en ese momento incluso enfadado no sería capaz de contenerse de hacer el amor con ella. Con sólo mirarla tuvo que moverse incómodo ya que sintió que se excitaba, su falta de liberación antes se había convertido en un palpitar doloroso del que había sido plenamente consciente mientras Paula dormía.
Se puso de pie de golpe para establecer cierta distancia entre ambos antes de volver a hablar pero ella se adelantó.

—No cuentes con una repetición Pedro—espetó.

En lo concerniente a Paula, Pedro daba nada por hecho ni una sola cosa.

—Aterrizaremos en diez minutos Paula, así que te sugiero que antes de hacerlo te vistas —dijo con sequedad para luego marcharse

Capitulo 35

—Date la vuelta Paula para que pueda bajarte la cremallera del vestido —sugirió con voz ronca.


Ella tragó saliva.


—Yo no... calló con un jadeo cuando Pedro soslayó su protesta y se situó detrás de ella. Sintió el contacto de sus dedos mientras comenzaba a bajarle lentamente la cremallera.
Arqueó la espalda involuntariamente al sentir un estremecimiento por todo su cuerpo a medida que la cremallera bajaba por su espalda y contuvo el aliento cuando Pedro le separó el vestido de satén y le acarició el hombro desnudo con los labios, al instante sintió un deseo ardiente por todo el cuerpo cuando la lengua húmeda sobre su piel encendida no dejó de lamerla y probarla.
A pesar de lo mucho que lo negaba y se oponía, sabía que deseaba a Pedro

Apasionadamente... 

Llevaba cinco semanas luchando contra ese deseo y esa necesidad temerosa incluso de tocarlo por si perdía el control. Con el resultado de que cada minuto pasado con él había sido una tortura, y la fachada gélida que proyectaba para defenderse de esa pasión se había derretido con la fuerza de una avalancha en el momento en que su boca le había tocado la piel desnuda
Echó el cuello para atrás y apoyó la cabeza sobre el hombro de Pedro mientras el introducía las manos en el vestido y las subía para coronarle los pechos, con las suyas propias encima se las apretó más anhelando esas caricias. Gritó cuando el deseo se liberó de entre sus muslos en el momento en que los dedos pulgares de Pedro jugaron con sus pezones, el cuerpo tenso por la expectación, incapaz de respirar mientras aguardaba la segunda caricia, casi sollozó cuando los labios de él se movieron sobre su garganta y tomaron esas cumbres inflamadas entre los dedos y las apretaron de forma rítmica.


—¿Pedro? —gimió al tiempo que movía el trasero contra la dureza de su erección. —¡Pedro, por favor...!
—Aún no, Paula—negó él con voz ronca aunque su propio cuerpo palpitaba con la misma necesidad de liberación.


Les esperaban horas y horas de vuelo para llegar a la isla, y antes de que eso sucediera, tenía la intención de descubrir y satisfacer todas las fantasías de Paula tal como esperaba que ella satisficiera las suyas.
Quitarle el vestido nupcial de satén sólo era la primera de las fantasías que lo había mantenido despierto noche tras noche durante las últimas cinco semanas, se lo deslizó lentamente por los hombros y los brazos antes de desnudarla hasta la cintura y luego dejar que cayera y se desplegara sobre el suelo alrededor de sus pies.
Paula tenía los ojos cerrados y Pedro observó lo hermosa que estaba sólo con unas braguitas blancas de encaje y medias del mismo color. Mostraba los labios levemente entreabiertos y húmedos cuando la rodeó con los brazos y volvió a coronarle los pechos antes de acariciarle con los dedos pulgares los pezones de un intenso color rosado.


—¡Sí! —exclamó ella. —Oh, Dios, sí, Pedro...


La pegó contra él, le recorrió libre y eróticamente la garganta con los labios y terminó mordisqueándole el lóbulo de una oreja mientras una mano seguía jugando con un pezón perfecto y la otra bajaba. La piel de Paula era como terciopelo bajo sus dedos abiertos sobre la cintura y la cadera.
Sin dejar de mordisquearle la oreja, bajó la vista hasta donde los dedos buscaban debajo de la seda de las braguitas el capullo sensible que anidaba allí. Al encontrarlo comenzó a acariciarlo. Estaba ardiente y mojada, los pliegues delicados inflamados por la necesidad, una necesidad que Pedro pretendía aumentar hasta que Paula gritara y le suplicara que le proporcionara el orgasmo que su cuerpo anhelaba.Al sentir el roce de esos dedos, ella gimió y separó las piernas para permitirle un mayor acceso, una invitación que él aceptó al introducir un dedo largo dentro de Paula seguido de otro, con la otra mano le masajeaba el pecho al mismo y devastador ritmo.

Una y otra vez

Con las caricias más intensas, profundas y rápidas. El calor se elevó de forma insoportable a medida que Paula movía las caderas al encuentro de las embestidas del dedo de Pedro dentro de ella.


—¡Por favor no pares! jadeó sin aliento —¡Por favor, no pares!
—¡Déjate llevar, Paula! —musitó sobre su garganta. —¡Entrégate!
—Sí... aceptó entrecortadamente ¡Oh, sí! ¡Oh, Dios sí...! —se retorció contra la mano de Pedro a medida que su orgasmo se descontrolaba y la recorría una oleada tras otras de un placer demoledor.

Él la mantuvo cautiva mientras continuaba dándole placer con los dedos y Paula experimentaba un orgasmo tras otro, con el cuerpo una masa trémula bajo el más ligero contacto de Paula.

—Pedro...—sollozó al final al derrumbarse exangüe en sus brazos.